miércoles 11 de noviembre de 2009
¿Qué se ama cuando se ama?
domingo 1 de noviembre de 2009
Carta a quien
martes 27 de octubre de 2009
Naturaleza muerta con aromas
Y deseo intensamente, ruego, que las hierbas aromáticas sirvan de conjuro y curen desde los vapores tenues que emanan los platos servidos.
lunes 29 de junio de 2009
Por fuera y por dentro
martes 26 de mayo de 2009
Tirando del hilo de la memoria.
Siempre que con mi memoria vuelvo a la niñez me refiero a mi reinado de cinco años exactos donde fui el centro de atención de toda la familia, como primogénita hija de primogénitos, hasta que llegó la ternurita de mi primera hermana que nació para el estrellato y para deslumbrar de tal manera que ella fuera siempre el centro de la cuestión, desde ese momento y para siempre.
Imagino en ese breve reinado, la competición de mis abuelos por ser el más aceptado por la primera nieta, la desesperación de mis dos tíos jóvenes por llamarme la atención con sus cachivaches. Uno de ellos, mi padrino, fue casi como una madre en los primeros meses de vida, y siempre mantuvo vivo su cariño por mí a través de los años. Y a quien, a pesar de la lejanía y de mis numerosas ocupaciones tuve la dicha de poder visitar en sus últimos días.
Me veo bailando sobre la mesa del comedor con toda la alegría de quien recibe los halagos y los aplausos desde los corazones de su familia.
Hablando de corazones, recuerdo que había un rito, cuando nos sentábamos a la mesa: nos tomábamos de las manos y levantábamos los brazos gritando arriba los corazones.
Estuve un poco sola esos cinco años. No sé si me costaba entretenerme, tenía todo un mundo por descubrir y también varias personas mayores a quien desesperar con mis ganas de hacer todo lo que ellos hacían.
Mi padre era una figura de bondad, paciencia y seguridad. No había cosa que no pudiera solucionar con su buena voluntad y creatividad, siempre procurando nuestro bienestar.
Estaba bastante celosa de mi madre que era hermosa, rubia y de ojos celestes. Tenía una figura muy linda y yo me sentía una pulguita morocha y de ojos negros, igualita al papá, según decía la gente.
Me gustaba tanto cantar y bailar. Y cantaba sí, pero en un inglés inventado, impostando la voz como si fuera una artista sexy de un musical de Hollywood.
La música me hacía subir al cielo. Me sentaba en el piso, con el oído pegado al combinado, cuando mamá ponía su colección de discos de música clásica y era seguro que terminaba con los ojos llenos de lágrimas de tanta emoción.
Era aburrido estar sola. Cuando no se podía salir al jardín me pegoteaba al tablero de dibujo donde trabajaba mi padre y él, para mantenerme entretenida me daba lápices y papeles y a veces, la máquina de escribir- una Remington de teclas redondas- que aprendí a manejar sin problemas y en poco tiempo, porque me fascinaban sus mecanismos sencillos y numerosas palancas y palanquitas.
Jugaba con todas esas cosas que suele coleccionar un geólogo y también me mandaba mis buenos desastres invariablemente. Desparramaba las colecciones de puntas de flechas que mi padre había recogido en sus viajes por el país y con las colecciones de piedras semipreciosas y de las otras hacia puntería en las rejillas del baño.
Había un pequeño problema de Edipo, seguramente, porque hubo un día en que estábamos alojados en un hotel de Villa Allende, uno de esos viajes de negocios de mi padre, y yo desaparecí por completo. Tendría escasamente tres o cuatro años.
Mientras mis padres, desesperados, corrían buscándome por todo el hotel, yo estaba muy entretenida dentro del placard, aspirando el perfume dulzón a flor de manzano y cortando en forma de flecos, los ruedos de los sedosos vestidos de mi madre, con una tijerita de viaje.
Ahora que tironeo de mi memoria creo que fui una niña rebelde desde que nací, pero la vida me fue amansando despacito y a la fuerza, ya que por competir con la simpatía de mi hermana tuve que esforzarme por ser buena alumna y buena hija en lo que estuvo a mi alcance.
De quién saqué: la rebeldía, el hacer cosas para comprobar qué pasaba, probar a la gente, comprobar los sentimientos, no dejar nada sin hacer… Creo que de mi madre, la imagen insuperable para mí.
Hoy que tengo la seguridad de que nadie es perfecto, puedo decir que mi madre fue requerida por mí en la niñez, juzgada en la adolescencia y en la juventud, perdonada en la adultez, amada y admirada en mi edad madura, y aún su figura sigue siendo inalcanzable, aún... todavía.
martes 28 de abril de 2009
ARTS LIBERATUS
Lo llevaba encerrado en su mano izquierda, porque sabía que si lo dejaba suelto se le iba a estampar sobre la frente como una etiqueta.
A veces abría un poco los dedos y su brillo escapaba brevemente.
El era muy tímido y no podía, todavía, andar mostrando ni los alborozos, ni las cicatrices y las heridas del alma como todos los artistas lo hacían.
Sin embargo, estaba llegando el momento. Lo presentía.
Estaba cerca. Ese día, cuando iba a andar con el rótulo de artista por los callejones de la existencia, impreso en el rostro como una marca de fuego incandescente.
lunes 16 de febrero de 2009
Categorizaciones
domingo 1 de febrero de 2009
Normas para cuando sea vieja
Debes esmerarte en tu arreglo personal. Más cuando estás un poco vieja.
Siempre es más grato ver una ancianita coqueta que una poco prolija.
El peinado enmarañado es de lo más feo en una persona.
¡Pobre de mí, mi pelo no se queda en su lugar!
Nunca manchas en la ropa y cuidado con las uñas desprolijas - resultado de lo poco que una ve.¡¡¡Desagradable!!!
Mantener ciertas normas de convivencia acordadas con los demás, es bueno.
No es conveniente comentar cosas al que está al lado viendo la TV, sobre todo cuando a una se le ocurre describir lo que ya se está viendo.
Sólo se permiten comentarios si se está en son de joda y lo que menos importa es el programa que trascurre.
No leas en voz alta, artículos del diario o revistas o libros que estás leyendo, ya que por más que pienses que es lindo compartir algo interesante... a los demás, generalmente, no les interesa.
Trata de mantenerte en silencio casi siempre.
El silencio es salud.
¿Por esto serán los votos de silencio de las monjas de clausura?
También es cierto que la mujer, como el pez, por la boca muere…
No a las quejas continuas de todo lo que te duele.
Si hablas de enfermedades, debes ser muy sintética en la exposición de lo propio.
El dolor del otro es siempre peor.
Una no es el ombligo del mundo…
No cuentes permanentemente todo lo que te pasa.
Una no es el ombligo del mundo…
Pregunta más sobre cómo están y se sienten los otros.
Pero no preguntes tanto… no es cuestión...
Es mejor escuchar más que preguntar tanto.
En realidad, las cosas que a una le pasan o que le parecen importantes, no son tan interesantes como una cree y la gente siempre anda en la búsqueda de una oreja que escuche.
Una no es el ombligo del mundo.
No te metas en las formas de hacer de los demás…
Si, ya sé que a veces no se puede desperdiciar el momento para enseñar algo que una sabe muy bien por experiencia. A los otros les cae mal que una sepa todo.
Por lo tanto: No opines si no te preguntan.
No hables siempre del mismo tema. El “machaque” aleja rápidamente a las personas.
No analices profundamente las conductas de los parientes y de los amigos, hay otras cosas de que hablar más inofensivas… que sé yo… se aceptan sugerencias.
Guardate los aspectos negativos de las personas bien guardados y considerar sólo los positivos.
Aprende a entretenerte con cualquier cosa que no implique molestar a otro.
Claro, si puedes entretenerte con otro...¡ mucho mejor !
miércoles 14 de enero de 2009
Robando anécdotas

A las orillas del lago, bajo los viejos pinos, mi amiga Tita, a los 86 años, con el rostro relajado por la juventud retenida, cuenta su anecdotario con total desparpajo.
Jubilada de la docencia, maestra rural por siempre destinada al medio de la nada, en la alta montaña cordobesa o en los sitios marginales más inverosímiles, viajera del mundo, aventurera empedernida, se regocija narrando pequeñas historias que pintan al pueblo cordobés con su mejor característica: la picardía inteligente en la actitud y en el lenguaje.
Ésta es una de ésas:
Un día, iba en ómnibus a visitar unas amigas. El asiento contiguo vacío, para mi absoluta comodidad.
En la mitad del trayecto, que era bastante largo, subió un individuo mal vestido, muy sucio y extremadamente borracho.
Temí que justo me fuera a tocar de compañero de viaje y lo seguí atentamente con la mirada para determinar hacia dónde se dirigiría.
El sujeto me clavó los ojos, como en una devolución de miradas, se acercó tambaleante y luego de pararse con dificultad al lado del asiento vacío y de respirar profundamente, me dirigió un galante: “no vai a tener suerte” y … siguió de largo.
viernes 26 de diciembre de 2008
La casa tomada y Quino

Iluminada por el blanco de las paredes encaladas, hacía un esfuerzo por imaginarme en algún lugar diferente y me aliviaba pensarme flotando en el espacio, rodeada de estrellas, en cómoda posición fetal.
Sentirme flotando, dulce sensación, tal vez, de volver al vientre de la madre.
La esperanza de no haber nacido todavía.
La posibilidad de comenzar todo de nuevo.
Sentía mi cuerpo debilitado, aplanado, pegado, consustanciado con la cama.
En realidad, sólo me quedaba aliento para sostener algún libro liviano de pequeño formato.
Leí muchos libros en ese entonces…
Sábato, Cortazar, García Marquez y tantos otros me acompañaron en esos momentos de indefinición, de tiempo suspendido en un largo presente de futuros desconocidos, improbables y oscuros.
De todos los escritores que me acompañaban en ese letargo estival sólo uno me daba recreo y me dibujaba la sonrisa en la cara, ese era Quino con Mafalda y sus amigos.
Desde entonces, Joaquín Salvador Lavado, Quino, fue mi ángel de la guarda.









